Un señor ayuda a un hombre mayor que no sabe si el autobús que llega es el suyo. “Este es el H6”, le dice con calma. El hombre mayor responde con un “¿Ah, sí?” dubitativo. El señor le confirma con un “sí” seco y breve. El hombre mayor sube detrás de mí y ahora lo oigo sentarse unos asientos más atrás. No hay ningún milagro en esta escena: solo una pequeña muestra de confianza, lo bastante importante como para que alguien pueda acabar, por error, en los inframundos de la ciudad.
¿Por qué se me ha quedado clavada esta escena? A menudo, en el estudio, todo gira en torno a ese instante frágil en el que lo incierto se transforma en decisión. Cuando presento un proyecto, hay clientes que me miran con la misma expresión con la que ese hombre mayor miraba el autobús: con la intuición de que quizá la propuesta es acertada, pero sin ninguna garantía. Tienen que dar un paso que no sé si llamar valentía o fe: confiar en un rumbo que, por ser nuevo, todavía no reconocen, y apostar por una intuición cuando las pruebas, simplemente, no existen.
Esta semana ha vuelto a pasar con un encargo aparentemente insignificante: unos iconos para una web. Un fragmento minúsculo de un proyecto mucho más ambicioso, pero lo bastante determinante como para cambiar por completo su aire. Propuse hacerlos con Olga Capdevila, que tiene la virtud de convertir el detalle en un pequeño acontecimiento. Nos alejamos de la neutralidad habitual y creamos unos iconos que no solo identificaban, sino que transformaban el entorno con un recurso visual bastante innovador.
El cliente, de entrada, no supo reconocerles su lugar. Lo que veía se alejaba de su marco de referencia. Pero el tiempo tiene una manera curiosa de reorganizar la mirada: la extrañeza inicial se fue deshilachando hasta que aquello que inquietaba empezó a tener sentido. La extrañeza se convirtió en familiaridad, y la familiaridad, en confianza. Finalmente, los han aprobado, asumiendo el riesgo que pueden conllevar.
Porque es natural —ya lo decía Simone Weil—: el riesgo forma parte de nuestra estructura más íntima. Necesitamos seguridad, sí, pero también aquello que nos desafía. Si todo fuera previsible, acabaríamos asfixiándonos. Solo en esa franja estrecha de incertidumbre puede aparecer lo que es realmente nuevo.
Y pienso que quizá es justo ahí donde trabajamos: en ese espacio intermedio entre lo que sabemos y lo que aún no puede demostrarse. En ese baile en el que alguien propone una dirección desconocida y alguien más acepta dejarse llevar. En esa apuesta humilde que permite que una idea, un gesto o una nueva manera de mirar tengan, algún día, la posibilidad de convertirse en certeza.
Un abrazo desde el H6,
Ingrid