Ingrid Picanyol Studio.

Al margen del error

17 julio 2025
3 min

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Al margen del error

Habitar los márgenes nunca ha sido sinónimo de comodidad. Tampoco cuando hablamos de páginas impresas. Si imprimes en casa y el documento tiene márgenes demasiado estrechos, la impresora escala el contenido por su cuenta. Si diseñas un libro y no calculas bien el espacio que se pierde en el pliegue del lomo, acabarás forzando las páginas para poder leer las frases enteras. Total, que ese espacio in albis, aparentemente neutro, es todo menos un terreno afable.

Un margen debe justificar su existencia, pero lo que no sabía —hasta ahora— es que su ausencia se justifica todavía más. ¿Y por qué digo esto? Porque estoy terminando un proyecto de identidad visual en el que, literalmente, nos hemos comido los márgenes. No porque el cliente sea un restaurante y queramos hacer la broma fácil, sino porque el restaurante se llama Almarge —como “al margen”, pero en catalán y todo junto. Y por coherencia conceptual, decidimos que el texto también fuese al margen: es decir, que ignorara deliberadamente esos espacios en blanco que, en teoría, protegen el contenido del borde del papel.

El otro día se lo explicaba así, más o menos, a mi amigo Jordi Moreno, pero para que me entendiera, tuve que enseñárselo. Espero que me estéis siguiendo, porque ahora mismo no se me ocurre una manera mejor de contarlo.

Habitar los márgenes nunca ha sido sinónimo de comodidad. Tampoco cuando hablamos de páginas impresas. Ese espacio in albis, aparentemente neutro, es todo menos un terreno afable.

Lo que no me imaginaba era la dificultad de llevar esta pequeña broma al mundo real de la producción. En mi cabeza tenía toda la lógica: si el restaurante se llama Almarge, ¿qué puede ser más coherente que llevar el diseño hasta el límite literal de la página? Pero la línea que separa la irreverencia gráfica del error es muy fina —la misma que separa un huevo pasado por agua de uno duro. Y aquí, sospecho que nos hemos encontrado ambas texturas.

Dolors, que tenía que imprimir las tarjetas, prefirió asegurarse de que yo entendía los riesgos de esta decisión con un: «No sé si está hecho a propósito o no, pero si cortamos las tarjetas por las marcas de corte, los textos quedan al ras y corremos el riesgo de cortar alguna letra por la mitad.» Pero en la copistería donde debían imprimir los menús, fueron más directos. Aunque se lo explicamos, nos señalaron la incompetencia entre líneas con un: «¿Podríais pasar por la tienda para revisar los documentos? No están correctos, ya que las marcas de corte pasan por encima del texto.»

Conclusión: Marta, del restaurante Almarge, ha decidido hacerlo ella misma. Se ha comprado un cúter, una base de corte y una regla. Y, entre servicio y servicio, va a recortar todos los menús a mano, uno por uno.

Quizás alguien diga que nos hemos complicado la vida.
Y tendrá razón.

Un abrazo desde el H6,
Ingrid