Mi hermano me ha pedido que vectorice un logotipo creado con IA. Me lo dice por WhatsApp, con la naturalidad de quien pide un poco de sal. Le contesto que estoy ocupada. Él responde que puede esperar. Y con eso ya está todo dicho: yo sé que acabaré haciéndolo, él sabe que no le cobraré, y los dos entendemos por qué no me pide que le haga yo una propuesta.
Me quiere. No quiere darme más trabajo.
Y sin embargo, me lo da. No trabajo, sino dilemas.
Vectorizar es sencillo. Abres Illustrator, calcas, ajustas, exportas. Media hora, si todo va bien. No es la dificultad técnica lo que pesa, sino lo que representa. Una renuncia. Pequeña, pero simbólica. El encargo me incomoda, aunque me cueste explicar por qué.
Hace unos días reclamé una factura pendiente al encuadernador de mi barrio, una persona por la que siento un aprecio especial. Al mencionarlo, me recuerda una anécdota: una amiga suya, que le pide trabajos con frecuencia, un día le dejó dinero dentro de un paquete. Él se lo devolvió. “Yo no cobro a los amigos”, me dijo. Y entonces entendí que yo era una de ellos.
Y también entendí lo que eso implica: no solo una relación, sino una manera de entender el oficio.
El encuadernador me ofrece todo su saber. Elige técnicas, cuida los detalles, toma decisiones. Su criterio forma parte del regalo. En cambio, mi hermano solo me pide una acción mínima: que sea un filtro técnico entre una máquina y un archivo listo para imprimir. No me pide diseño; me pide un trámite. Un cambio de formato.
Ese desplazamiento sutil —de creadora a ejecutora— es lo que me incomoda. He aprendido a hacer preguntas, a analizar cada caso, a imaginar posibilidades. Y ahora solo se me pide un gesto mecánico. Hacer, sin pensar. Resolver, sin decidir. Lo haré. Porque es mi hermano. Pero no sin sentir que algo se mueve dentro de mí. Una frontera. Un sentido.
Tengo mis dudas, pero espero que ese desplazamiento me haga bien.
El logotipo sigue sin estar vectorizado. Probablemente lo haré un domingo por la tarde. Él me dará las gracias. Yo le diré que no es nada. Y seguiremos como si no hubiera pasado nada.
Pero habrá pasado.
Porque siempre pasa algo.
Un abrazo desde el H6,
Ingrid