Al señor de delante se le ha caído el periódico, pero ahora sería peligroso intentar recogerlo. El autobús sube hacia Horta, y eso significa que entramos en un tramo de cuestas bastante tremendas como para que nadie se atreva a agacharse. Sospecho que él también lo sabe. Aunque está agarrado a la barra, no hace ni el más mínimo gesto para recogerlo. Tampoco ninguno de los pasajeros que observamos la escena. Todos confiamos —o fingimos confiar— en que es solo cuestión de tiempo que todo vuelva a su sitio.
Mientras tanto, el periódico permanece medio doblado en el suelo, en el pasillo. Leo un titular que impacta de lleno en mi gran misión del día: preparar la presentación del diseño de unas nuevas etiquetas de vino. El titular es de todo menos tranquilizador: ¿Se puede permanecer neutral ante un genocidio? Y yo, una vez más, me vuelvo a preguntar qué sentido tiene levantarse, ducharse, subir a un autobús, plantarse frente a un ordenador, mover tipografías de un lado a otro, construir un relato, contarlo, y convencer al cliente de que no solo ha invertido bien su dinero, sino que lo que he hecho puede ayudarle a explicarse al mundo. Hacerse un sitio. Vender litros.
Es un pensamiento que tengo a menudo, y quiero creer que no soy la única. Porque eso me hace sentir acompañada.
Ayer, por ejemplo, Maria José Balcells me entrevistó en el acto de presentación del obsequio que he diseñado para los veinte años de la Asociación para el Estudio del Mueble. Me preguntó si creía que el diseño podía ayudar a hacer del mundo un lugar mejor. Los focos me deslumbraban y el público esperaba un sí. Un sí con argumentos. Un sí sólido, útil. Una especie de respuesta-piedra a la que poder aferrarse cuando el mundo parece en ruinas y el sentido de aquello a lo que nos dedicamos se difumina.
Pero no lo encontraba.
Miré a un lado y al otro, sin saber qué decir. Porque estoy triste por el mundo. Y me cuesta no caer en la desesperanza. Pero dije algo, porque pienso mientras hablo, y hablando acabé encontrando un camino:
¿Este proyecto ha despertado algo bueno dentro de alguno de vosotros?
El periódico, al final, se lo recogió el chico que iba de pie junto al señor. Era quien estaba más cerca para hacerlo.
Un abrazo desde la H6,
Ingrid