Ingrid Picanyol Studio.

Entre bragas y convicciones

22 mayo 2025
3 min

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Entre bragas y convicciones

Hay días en que el cerebro se despierta con las piernas inquietas y no sabe estarse quieto. Hoy, por ejemplo, mientras el H6 serpentea por la ciudad como un pensamiento que se va enredando solo, me he puesto a observar a la gente del autobús. Hay de todo, como en todas las casas. Pero me he concedido la licencia de hacer una clasificación absurda —porque el trayecto es largo, y yo voy sentada al fondo: los que se creen lo que dicen, a la derecha; y los que dicen lo que creen, a la izquierda.

Los primeros empiezan por el discurso. Por el envoltorio. El eslógan perfecto. Y a fuerza de repetirlo, acaban creyéndoselo. Lo lucen como un uniforme, y desde fuera no sabes si esa forma de caminar recuerda más a un embajador del marketing o a alguien con identidad propia. Los segundos, en cambio, parten de algo más desordenado. Más raro, incluso. Dicen lo que piensan, aunque el asiento les rechine, aunque usen una sintaxis recogida de los márgenes de cualquier profesión.

Todo esto me ha venido a la cabeza por culpa de un paquete de bragas postparto que, por cosas de la vida, ha acabado en mis manos. Sí, ya lo sé. No suena muy épico. Pero por alguna razón que no sabría explicar ni bajo tortura estética, el «packaging» de esas bragas se me ha quedado incrustado en el cerebro como si fuera un souvenir emocional. Es una bolsa de plástico transparente, con una tarjeta de fondo cian, una modelo con pose satisfecha, y una tipografía que parece sacada de un PowerPoint que se quedó atrapado en 2002. En grande, pone: Braga Bikini Mamy. Y en pequeño, como si lo dijera bajito: Diseño atractivo. Y ahí me he quedado. Clavada.

Todo esto me ha venido a la cabeza por culpa de un paquete de bragas postparto que, por cosas de la vida, ha acabado en mis manos. Sí, ya lo sé. No suena muy épico. Pero por alguna razón que no sabría explicar ni bajo tortura estética, el «packaging» de esas bragas se me ha quedado incrustado en el cerebro como si fuera un souvenir emocional.

¿Diseño atractivo? ¿En serio? Igual soy yo. Igual estoy desajustada. Pero si me preguntas, esas bragas tienen de todo menos atractivo. Aun así, eso no parece ser ningún impedimento para que alguien lo haya escrito. De hecho, diría que precisamente porque no lo son, han decidido ponerlo. Y ya está. Como si el simple hecho de imprimirlo hiciera que se volviera verdad. Como si, dicho sin rodeos, la mente humana pudiera dejarse seducir por un pantone cian y una frase optimista. «Diseño atractivo», dices, y el cerebro, que ya va bastante cansado, responde: pues igual sí, no vamos a discutir ahora con una bolsa de plástico.

No es muy distinto de lo que hacía yo cuando empezaba como diseñadora freelance. Subía proyectos inventados a Flickr: carteles para festivales inexistentes, identidades para marcas que nadie me había encargado, y negocios que solo existían dentro de mi cabeza. Me lo inventaba todo, lo empaquetaba como si fuera real, y lo dejaba allí. En el escaparate digital, como quien pone una trampa para miradas perdidas. Había una mezcla curiosa entre autoengaño y esperanza, entre timidez y ganas de llamar la atención. Pero funcionó. Alguien se lo creyó. Y así, poco a poco, la rueda empezó a girar.

Es un poco el «fake it till you make it», pero con retintín. Una estrategia mucho más común de lo que parece —también entre estudios consolidados— que consiste en definirse no como lo que eres, sino como lo que te gustaría ser. «Somos un estudio especializado en identidades visuales para aerolíneas.» Y puede que nunca hayan hecho un avión, pero la frase ya despega. Como si no hiciera falta vivir la realidad, solo escribirla. Y con eso basta.

Pero volviendo a las bragas —porque sí, seguimos hablando de bragas—, igual sí que tienen un diseño atractivo. No porque sean bonitas, sino porque cumplen su función. Le hablan directamente al vientre. Y eso, cuando tienes el cuerpo cansado y todo te molesta, puede llegar a parecer atractivo. Porque a veces no hace falta que algo sea cierto. Solo hace falta que alguien lo diga con suficiente convicción. Y si no, al menos te queda un envoltorio de plástico para hacer una metáfora.

Un abrazo desde el H6,
Ingrid