Ingrid Picanyol Studio.

Impresiones de una llamada

3 julio 2025
3 min

Subjects
Sin categorizar


Impresiones de una llamada

Lo que hacíamos hace cinco años es mejor que lo que hacemos hoy. Y lo que hacemos hoy será mejor que lo que haremos dentro de cinco años. Los robots lo harán todo cada vez más perfecto, pero nosotros, los humanos, no.

Estas dos frases me las soltó Antoni Centelles —mi impresor de confianza desde 2010— este lunes, y yo corrí a apuntarlas en el primer trozo de papel que encontré. Me llamaba solo para avisarme de que al día siguiente me llegaría el prototipo de un proyecto que está produciendo para mí. Pero, como nos pasa últimamente, la llamada no duró tres minutos, sino treinta y tres. Sí, muchas de nuestras gestiones podrían resolverse con una nota de voz o un mensaje de texto, pero en lugar de eso nos dedicamos a hablar sin filtro: de artes gráficas, del devenir de la humanidad y de nuestros oficios. Y cuando cuelgo, me queda la sensación de haber escuchado un podcast que no se ha grabado en ninguna parte.

Entre una cosa y otra, me soltó media docena de frases que merecerían cada una un artículo. Las anoté en ese mismo papel, pero me ahorro listarlas aquí porque no me quiero desviar del tema.

¿Qué significa, exactamente, esa reflexión tan circular y definitiva? Suena a lamento poético sobre la condición humana frente a la tecnología. Como si el progreso, en lugar de liberarnos, nos hubiera ido vaciando poco a poco. ¿Estamos en decadencia creativa porque nos condicionan la mecanización y la eficiencia? Si lo que hacíamos hace cinco años era mejor, y lo que haremos dentro de cinco años será peor, ¿cómo será lo que produzcan nuestras manos dentro de quince? ¿Seguiremos haciendo cosas? ¿Serán verdaderamente nuestras? ¿O estaremos tan contaminados por el algoritmo que ni reconoceremos nuestra propia huella?

¿Estamos en decadencia creativa porque nos condicionan la mecanización y la eficiencia? Si lo que hacíamos hace cinco años era mejor, y lo que haremos dentro de cinco años será peor, ¿cómo será lo que produzcan nuestras manos dentro de quince?

¿Y hasta cuándo, exactamente, nos seguirá emocionando la perfección de una pieza bien hecha? Quizás llegue un momento en el que todo sea tan impecable, tan automático, que lo único que nos conmueva sea un error humano: una mancha de tinta, un margen descentrado, una falta de ortografía, o una voz que tiembla.

Decir que antes lo hacíamos mejor puede ser un acto de resistencia, sí, pero también una postura romántica y pesimista. Es muy propio de un artesano veterano que todavía ama lo que hace. Subrayo ese todavía, porque dentro de un año —quién sabe— igual ya no queda nadie con tinta bajo las uñas, con la paciencia de revisar las líneas con una lupa, o con las ganas de volver a empezar solo porque algo “no termina de encajar”.

Quizá, al final, todo esto no sea más que eso: una forma de decir que todavía estamos aquí. Que todavía hay personas que hacen cosas que mañana ya no se harán —o que solo harán las máquinas—. Que todavía hacemos cosas dejándonos llevar por los desvíos. Que todavía —todavía— nos recreamos en llamadas que duran más de lo imprescindible.

Un abrazo desde el H6,
Ingrid