Ingrid Picanyol Studio.

Ena Cardenal de la Nuez me cambió la vida.

10 abril 2025
3 min

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Ena Cardenal de la Nuez me cambió la vida.

También a mí me parece un pelín exagerada la siguiente afirmación, pero la vida lo es, de exagerada, y las historias, para contarse y atrapar la atención, necesitan un titular, un clímax, una bofetada, un golpe en la mesa antes de que te levantes, respires hondo, abras la boca y lo sueltes. Se acabó. Ya no quiero ni puedo esconderlo más. Hoy vengo a reconocer públicamente que, la tarde del 27 de junio de 2022, la diseñadora gráfica Ena Cardenal de la Nuez me cambió la vida.

¿Por qué hoy? Pues porque quizá hacen falta dos años, nueve meses y catorce días para sentirte del todo segura de que una afirmación así es, sin duda alguna, cierta. Quizá porque hoy llueve, pero una niña que esperaba el autobús a mi lado ha decidido romper el silencio con un “¡Mira mamá, el arco iris!”, mientras señalaba una gran mancha de gasolina sobre el asfalto. O quizá porque hoy me ha tocado un conductor que ha decidido amenizarnos el trayecto con la épica de todo tipo de bandas sonoras —¿esto es legal?— mientras las silba y marca el compás con las uñas contra el salpicadero.

No lo sé. El caso es que hoy he pensado en Ena, y en aquella larga tarde en que nuestros cuerpos estuvieron a menos de un metro de distancia dentro de una sala de menos de veinte metros cuadrados.

El caso es que hoy he pensado en Ena Cardenal de la Nuez, y en aquella larga tarde en que nuestros cuerpos estuvieron a menos de un metro de distancia dentro de una sala de menos de veinte metros cuadrados.

Estábamos en Madrid, dentro del edificio de la calle Flor Alta donde se encuentra la sede del IED (Instituto Europeo de Diseño). Nos había invitado Alberto Salván, de Tres Tipos Gráficos, a participar como jurado en las presentaciones finales del máster en diseño editorial. La dinámica era sencilla: las alumnas presentaban sus proyectos, nosotras les dábamos nuestra opinión y les hacíamos preguntas, y luego sus tutores decidían qué nota merecía cada trabajo. La presentación les servía para confrontar sus proyectos con la opinión de profesionales externos, alejados del contexto académico, y así recibir una devolución más parecida a la que encontrarán el día que empiecen a llamar puertas, con el proyecto bajo un brazo y el título bajo el otro.

Después de cada presentación, yo intentaba dar un feedback que fuera, sobre todo, amable. Señalaba las cosas que pensaba que se podían pulir o que podían generar confusión, sí, pero mis esfuerzos se centraban —sobre todo— en hacer visibles también los puntos fuertes de cada proyecto. En remarcar lo que funcionaba. En reconocer el valor del esfuerzo, la intención, las decisiones. En hacerles saber que, más allá de la nota, lo que habían hecho tenía cierto sentido, pero también que, si ellas estaban a punto de obtener un máster en diseño editorial, yo tenía —para bien o para mal— un doctorado en complacer.

Ena, en cambio, no buscaba complacer a nadie. Cuando tomaba la palabra, era directa. Les hacía saber a las alumnas que el relato que acababan de contar era muy bonito, sí, pero que, por desgracia, en el mundo real ellas no estarían al lado de cada ejemplar para explicar y justificar cada una de las decisiones gráficas que habían tomado. Celebraba, sin sarcasmo, que estuvieran enamoradas de sus proyectos, pero también les dejaba claro que “si ella estaba en su casa y se encontraba con ese ejemplar, no iba a entender nada de todo lo que acababan de contarle”. Remarcaba, por tanto, que un proyecto tiene que explicarse por sí solo. Sin nadie al lado que lo defienda. Y que, por desgracia, la mayoría de aquellos proyectos no lo hacían. Y tenía toda la razón del mundo.

Aquella tarde, Ena Cardenal de la Nuez dejó de ser solo un nombre detrás de tantos proyectos relevantes dentro de la historia del diseño gráfico de la península para convertirse en una especie de fantasma que ronda por el estudio y observa, sin concesiones, cada decisión que tomo. Aparece cada vez que dudo. Y, sin necesidad de intercambiar una sola palabra, le hago caso. Y, decidida, sigo.

Gracias Ena,
Un abrazo desde el H6

Ingrid