Hay una forma muy concreta de incomodidad que aparece justo en el momento previo a hacer clic en «enviar». Una tensión mínima, casi imperceptible, que se instala en el punto donde se encuentran el gusto personal y el miedo a la mediocridad. Una tensión a la que, a fuerza de exponerme a ella una y otra vez, he acabado acostumbrándome —o, al menos, he terminado integrando como un peaje más en el transcurso de cualquier proyecto.
A veces, cuando reviso un trabajo, sé exactamente qué falla. Pero otras veces, no. Otras veces solo sé que hay algo que chirría, que no termina de funcionar. Y, aunque no sepa qué es, sé detectar cuándo ocurre. Y solo revolviéndolo todo acabo descubriendo qué era lo que fallaba. Como un médico que, para hacer un diagnóstico, tiene que palparte el cuerpo: ¿te duele aquí? ¿Y aquí? ¿Y si hago esto? ¿Y ahora?
Hoy vengo a hablar del gusto, no del criterio. El criterio te permite justificar decisiones, mientras que el gusto hace que te brillen los ojos antes de haberlas tomado. Y como ese brillo ocular es aparentemente irracional, corporal y de origen misterioso, me resulta más incómodo hablar de ello. Tecleo este texto en el móvil y a tientas. Confío en que, si sigo sosteniéndolo entre las manos como una brújula, acabaré llegando a buen puerto.
Para mí, el gusto es una especie de criterio tácito. Esa sensación que tienes cuando algo no funciona, sin ser capaz de escribir una teoría estética ni de argumentar las razones. Una especie de memoria incorporada que te dice cuándo algo va por buen camino y cuándo no. Pero: ¿qué clase de músculo es el gusto? ¿Se activa a fuerza de trabajarlo? ¿Puede atrofiarse si lo dejas estar demasiado tiempo? ¿Qué pasa si la prisa no te deja margen para escuchar su susurro?
Hoy vengo a hablar del gusto, no del criterio. El criterio te permite justificar decisiones, mientras que el gusto hace que te brillen los ojos antes de haberlas tomado. Y como ese brillo ocular es aparentemente irracional, corporal y de origen misterioso, me resulta más incómodo hablar de ello.
El otro día, en la newsletter Honos, dedicada a la filosofía, el diseño y la cultura, de Máximo Gavete, leía que «el gusto es sensibilidad organizada. Es haber pasado suficientes veces por una vivencia operativa reiterada como para que el ojo, la mano y la mente se reconozcan en la forma. El gusto no es un dictamen cerebral, sino una memoria encarnada. Se forma en esa mirada que se detuvo en algo una vez más que el resto. Se hace fuerte en ese cuello que se giró mil veces levemente al notar que un elemento no estaba alineado. Se instala en esa espalda que se enderezó, apenas unos centímetros, ante cada buena composición. El gusto es el sedimento que se asienta en el cuerpo en el ejercicio constante de una práctica.»
Qué definición tan precisa y preciosa —dos adjetivos con solo una letra de diferencia deben tener, forzosamente, algo en común. ¿Todo lo preciso es precioso, y todo lo precioso es preciso? Perdón, me estoy yendo del tema—. Una definición que me gusta precisamente porque pone palabras a aquello que yo solo había intuido. ¿Tener gusto es también reconocerte en la mirada de otro?
Quizá el gusto no tenga tanto que ver con saber qué quieres hacer, sino con saber cuándo no. Con detectar ese pequeño desajuste, ese «todavía no» que no se puede justificar, pero se hace sentir. Quizá tener gusto es aprender a convivir con esa especie de saber provisional, incompleto, pero suficiente para continuar.
Como este texto, por ejemplo, que todavía no sé si está del todo acabado. Quizá, si lo dejo reposar un día, veré claro qué falla. O quizá no falle nada. O quizá sí, pero no pasa nada. Quizá tener gusto también es aprender a convivir con la sospecha constante de que siempre podrías hacerlo un poco mejor.
Un abrazo desde el H6,
Ingrid