Ingrid Picanyol Studio.

Una forma de luz

25 febrero 2025
3 min

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Una forma de luz

Seguramente todo el mundo se ha dado cuenta y yo soy de las últimas en hacerlo porque, mira, ha sido así y no de otra manera. Pero si eres de las que todavía no lo ha notado, por lo que sea, porque a primera hora o a media tarde te encuentras, no sé, bajo las sábanas o encerrada en un búnker, vengo a informarte de una noticia importante: la luz de hoy ya no es la misma que en pleno invierno. Es un cambio progresivo, pero que no se nota progresivamente. Se nota de un día para otro. Yo, por ejemplo, lo he notado hace exactamente una hora, después de poner la cafetera al fuego y los ojos en la calle. Y durante el rato que ha pasado mientras esperaba a llenar mi taza, también me he preguntado qué minúsculo matiz de luminosidad, tono o temperatura de color es el responsable de que me haya dado cuenta hoy y no ayer, si ayer hice exactamente lo mismo a exactamente la misma hora.

Y durante el rato que ha pasado mientras esperaba a llenar mi taza, también me he preguntado qué minúsculo matiz de luminosidad, tono o temperatura de color es el responsable de que me haya dado cuenta hoy y no ayer, si ayer hice exactamente lo mismo a exactamente la misma hora.

En el estudio, este cambio en la luz significa dos cosas: una buena y una mala. La buena es que cuando salimos, ya no está completamente oscuro. La mala es que cuando llegamos, el sol lleva un buen rato paseándose por la mesa. Lo hace a tientas, consciente de que, con su presencia, todo lo que dejamos ayer empezará poco a poco a despertarse y, con toda la pereza del mundo, las sombras de los catálogos de papel, la vela de Cerena, los ejemplares de proyectos, la taza sucia de ayer, las muestras del Museu Molí Paperer de Capellades, la granada seca, el cilindro de vidrio para pulir pieles de Sama, la piedra pintada por una niña en el Gutter Fest, el huevo de mármol de Marruecos, el limpiador de gafas, los post-its, la cámara Super 8, la libreta de piel negra, el vaso de vidrio verde lleno de bolígrafos, el bote de cartón lleno de lápices de colores, el paquete de pañuelos, el mechero de Vera Tamayo o el cuarzo de Today I Saw Eden empezarán a desperezarse hasta sacudirse el sueño de encima y estar listas para una nueva jornada.

Todos estos objetos son importantes para mí. Y si siguen ahí, es también porque me hacen compañía. Seguro que hay quien prefiere un escritorio vacío como los que aparecen cuando buscas Designer Desk Inspo en Pinterest, pero yo no. Yo desconfío de esas mesas. Desconfío de los escritorios donde solo hay un ordenador, una libreta y una taza humeante. Me parecen mesas muertas. Mesas de alguien que parece más pendiente de que no se le enfríe el café o de convertir una pantonera en un abanico al estilo Locomía.

En fin, que me voy por las ramas.

Cuando he llegado al estudio, y todavía con el tema de la luz en la cabeza, le he contado mi descubrimiento a Freek Lomme, el editor de Set Margins’. Nos hemos reunido por videollamada y se ha interesado por saber qué día hacía en Barcelona y si el trayecto en bus de esta mañana me ha llevado a algún sitio interesante, aparte del estudio. Y yo, pues, le he hablado de esto: de la luz. De que afuera ya está cambiando. Y de que yo, con cada uno de estos artículos, entro en el estudio y lo veo un poco menos oscuro.

Un abrazo desde el H6,

Ingrid